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Las Escuelas Experimentales

Actualizado: 13 may 2023

“Y si empezamos un jardín de infantes?”, preguntó Dora.

“¿En dónde? Tendrá que ser en mi casa, porque dinero para pagar un lugar no tenemos?”, respondió Magda.

“¡Fantástico!”, dijo Dorothy.


Así comenzó esta experiencia. En la ciudad de La Plata (Buenos Aires), por el año 1955. Los alumnos fueron los niños del barrio, hasta que se sumaron más familias. Se organizaban en pequeños grupos sentados en el suelo en ronda, y todos participaban de las tareas diarias para que el espacio pudiera funcionar, desde la preparación de la merienda hasta la limpieza del lugar.


No hacía falta más que los maestros y los niños. Maestros tan comprometidos con la educación que incluso tenían otros empleos para completar el aporte mínimo que realizaban los padres. Maestros que estaban dispuestos a atender constantemente las necesidades de la escuela más allá de su horario, y ejercitaban un profundo trabajo de autoconocimiento y búsqueda del sentido de la tarea educativa.


Fue en el 58 cuando se constituyeron como una Asociación civil bajo el nombre de “Centro Pedagógico de La Plata”, otorgándole algo de formalidad mientras los niños rendían libre los sucesivos años escolares en instituciones públicas a fin de obtener su certificación correspondiente.


Aunque se guiaban por el diseño curricular oficial, la pintura, la poesía, la música, la danza y el teatro eran tan importantes como las otras asignaturas; y los materiales estaban siempre vinculados al arte y a textos originales de autores clásicos, investigadores y viajeros. No podía ser de otra forma, ya que sus tres fundadoras (Dorothy Ling, Nelly Pearson y Marta Bournichon) provenían de la rama artística.


El nombre “experimental” lo obtuvieron recién en 1984, cuando Nelly Zucarino de Speroni fue nombrada Ministra de Educación, y por cuestiones de afecto y conocimiento colaboró con la gestión para que el “Instituto experimental” fuese reconocido a través de una resolución. Así, esta escuela que se ha expandido actualmente por todo el territorio argentino, pudo validar sus prácticas educativas, y tener su propio establecimiento de formación docente en la ciudad que la vio nacer.


Las escuelas experimentales nunca anteponen la teoría a la práctica, y todo allí tiene que ver con la experiencia, enfocándose en los procesos y no en los resultados. La rueda sigue siendo importante, y cada jornada empieza y termina en un círculo donde todos los niños y maestros cantan, bailan y comparten el pan. Porque el maestro allí no se para frente a todos para transmitir contenidos. El maestro allí es uno más.



 

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